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"Nada podemos esperar sino de nosotros mismos"   SURda

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18-05-2019

La muerte Julio Foliacco Sainz.

SURda

Notas

c.e.r

 

Se había convertido en un viejito autosatisfecho. Que acariciaba nostálgico las viejas medallas de un pasado glorioso, rebelde y terco, que en su momento pretendió ser revolucionario y socialista. Y cuando comprendió a cabalidad su rol, decidió alejarse en un ostracismo salteño, donde finalmente terminó sus días.

 

 

Con esa falta de experiencia vital válida sobre el pasado reciente que los caracteriza, además de la falta de luces e imaginación (a veces verdadera ignorancia), los epígonos agrupados en el EME-Pepismo, a través del inepto de turno al que le encargan las necronológicas comunicó el fallecimiento reciente del martes de quien en vida fuera Julio Foliacco Sainz , aunque los avatares de la vida y el analfabetismo rampante de los funcionarios del registro civil lo estampara como Julio Marenales Saenz , alias “el viejo Julio”. Del mismo señalaron –en el brete del apuro falluto- su proverbial austeridad, pero se le quedaron en el tintero demasiadas cosas.

Era un hombre que llevaba la limpieza personal y del ambiente en el que se movía a extremos: en Punta Carretas además del piso de su celda, que limpiaba constantemente, pasaba cepillo, agua y jabón hasta el trozo de corredor que se extendía fuera de su celda. De tal que cualquiera podía advertir que las baldosas frente a su celda tenían un color diferente al del resto del corredor. Y, habría que agregar un empecinamiento casi feroz que Tabaré Rivero Cedrez estampa muy precisamente en el prólogo al libro Marenales (ver pág 10, del mismo) , de Sergio Márquez Zacchino un intento de biografía cuasi franciscano, por la pobreza que lo caracteriza.

Austero, limpio al extremo y tenaz hasta el empecinamiento son sus rasgos de carácter, el otro –complementario- era una habilidad manual ejemplar: desde abrir candados de toda suerte y medida hasta fabricar con lima un percutor para habilitar un revólver inútil, sin descontar una fascinación casi de mecánico por todo ejemplar de máquina en funcionamiento.

Hasta allí sus virtudes, que no es poco para un revolucionario de los años 60, donde proliferaban los intelectuales-bachilleres con su típica inconstancia, plus ego y afán de figurar al por mayor.

Pero al lado de esas virtudes, tenía y conllevaba, varios defectos. Que tampoco fueron pocos.

El subjetivismo era uno de ellos y era defecto común de todas “las vacas sagradas” y de los “referentes” de la primera hora.

A esa limitación notoria, se unía un rasgo que en los últimos tiempos (después de “la liberación del 85”) se acentuó en su práctica política: husmear en todo grupo crítico o disidente con la finalidad de informar al organismo al cuál se inscribía. Lo había hecho en el viejo Partido Socialista, cuando husmeaba a la juventud y sus deliberaciones críticas (después serían el Musp) y lo hizo- repetidamente después del 85- en diferentes agrupamientos críticos hasta que la práctica de su radicalismo verbal y su husmeo –casi policial- llamó la atención de Irma Leites que lo desenmascaró públicamente como correspondía. En esa lamentable práctica entre “los radicaletas” como los denostaba, iba acompañado de dos robustos matones porque era consiente, de que la práctica podía originar sus riesgos.

Pero no terminan aquí los defectos del recientemente fallecido.

A esta práctica lamentable del husmeo con pretensiones políticas de “marcar” oponentes, se unía otro rasgo de carácter también lamentable. No era cobarde en el plano físico, pero si lo era en el plano moral. Durante el interregno –a la muerte de Raul Sendic Antonaccio - en el que integraba la troika de la dirección conjuntamente con el finado Eleuterio Fernández y José “el Pepe” Mujica permitió y calló ante la persecución que se ejerció sobre de decenas de militantes de la primera hora. Sus silencios –acerca de críticas internas e “investigaciones fraguadas” que se ejerció sobre varios de ellos, avaló aquellas macacadas. Cuando era necesaria su firme oposición y rechazo decidido a aquellas persecuciones.

Ya hemos mencionado –en alguna otra crónica- el caso de ese gran militante que fue Aníbal De Lucia “el Caqui”. Y hemos narrado el episodio con lujo de detalles tan cual nos fue narrado por el propio ultrajado en vida.

Pero habría que agregar el silencio que mantuvo ante el alejamiento de otro gran militante de la primera hora: Maneras Lluveras . Silencios cómplices que no lo enaltecen de manera alguna. Porque hubiera bastado su rechazo terminante y público para que ciertas persecuciones tuvieran un freno efectivo y cesaran. Cuan diferente hubiera sido el desarrollo del MPP, si el líder del MLN-Marenales, hubiera alzado su firme oposición y rechazo a las prácticas nefastas que impulsaba Eleuterio Fernández en su breve interregno como mandamás, ideólogo y hasta “historiador” oficial!!!

Después compensaba –o lo intentaba- todas esas verdaderas “agachadas” con vínculos y conversaciones telefónicas, pretendiendo amistad y cercanía políticas que en su práctica negaba. De alguno de esos incidentes nos tocó ser testigo en la vieja vivienda de Zabalza porque su voz era fácilmente identificable y reconocible.

Fue, además, parte activa en la conspiración para declarar “loco” a Raul Sendic Antonaccio . En el episodio tuvo voz militante y cantante –justo es reconocerlo- junto a otros verdaderos “desgraciados”, entre ellos cierto “fidelísimo” exégeta de ahora, que como el Judas bíblico negó a Raul Sendic Antonaccio mas de tres veces antes de que cantara el gallo. Y no fue en el Monte de los Olivos precisamente. Era muy consiente que el trabajo de zapa era absolutamente necesario en las discrepancias que los enfrentaban luego de la “liberación del 85” porque –son sus propias palabras, recordadas por un testigo- “ si no Raul Sendic se les quedaba con la organización ”.

En esa corta visión acerca de cómo tratar discrepancias y diferencias entre compañeros y camaradas no era un neófito, ni un personaje al que lo “llevaran de las narices”, tenía ya en su haber un frondoso prontuario de silencios cómplices entre los cuales el principal motivo activo era el afán de conservar posiciones. Todas “las vacas sagradas” han sido practicantes activos del principio. Julio Marenales en el asunto no es exepción alguna. Todos ellos en las sucesivas crisis, perdieron el objetivo y la visión de largo plazo, necesaria cuando se enfoca como conducción y ante la sucesión de acontecimientos el “qué hacer” en el presente. Después –todos ellos- han interpretado y dejado testimonio escrito u oral- con liviandades que no aguantan el menor análisis crítico.

Fue –por tanto- crítico embozado de lo que suscribía y apuntalaba con su acción. Algunas frases críticas, como la “del gigante estúpido” con la cual caracterizó al engedro del MPP que después degeneró en el “EME-Pepismo”, van pautando –despues del 85- su prolongado declive en “la interna”. Que fue mero chalaneo entre “las vacas sagradas” que “iban quedando” después de los sucesivos y constantes desprendimientos. Suspender un “activo” o un congreso para ir a ponerse de acuerdo en el baño, fuera de ojos y oídos susceptibles fue un recurso al que “la troika” recurrió sistemáticamente, a través del mecanismo del “cuarto intermedio”.

En la “repartija” que se produjo a la muerte del líder indiscutido Raul Sendic, a Julio Marenales, lo invistieron del título simbólico de “dirigente” del MLN. Así se formó el MLN-Marenales. Un organismo intrascendente porque “el huevo” se ponía en el viraje que se protagonizó después de 1994, en el MPP.

Allí regía, en una función simbólica y anodina, que satisfacía su ego personal, al mismo tiempo que su decline político se acentuaba. Ese declive lo denunció veladamente en varias oportunidades –de libro y periodísticas- donde señalaba que el nuevo mandamás del MPP, José “el Pepe” Mujica, ni lo atendía ni lo recibía, que era la constatación de que ya “no cortaba ni siquiera pinchaba”.

Y esto no era casualidad alguna. El MPP eran los “tupamaros modernos”, los santiguados con el óleo de “potables” , “pacificos” y confesamente “arrepentidos” para los intereses de la verdadera burguesía uruguaya, los “que reparten el queso”. Y Julio Marenales, al que la militancia en diferentes instancias ha llamado “marmolito” o más cruelmente definido como “cuadrado como una baldosa” , representaba los viejos tiempos y no tenía estatura política para enfrentar el presente y el futuro.

Se había convertido en un viejito autosatisfecho. Que acariciaba nostálgico las viejas medallas de un pasado glorioso, rebelde y terco, que en su momento pretendió ser revolucionario y socialista. Y cuando comprendió a cabalidad su rol, decidió alejarse en un ostracismo salteño, donde finalmente terminó sus días.

 

 

 

 

 


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